Con la de palo por Fernando Sorrentino

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Este relato corresponde a recuerdos míos de la década de 1950, y creo que podrá interesar a los lectores de Palermo y de Colegiales: «Con la de palo» #fernandosorrentino #colegiales #palermo #campito #lagauchita #fútbol

FerS 1

Fernando Sorrentino CON LA DE PALO

1

El doctor Arturo Frondizi y yo éramos altos y flacos. En ese entonces, él entraba en su segundo año como presidente de la nación y yo cursaba el cuarto del bachillerato en el colegio situado en El Salvador y Humboldt, de la ciudad de Buenos Aires.

Más de una vez me visitó, por esas rarezas de la mente humana, este pensamiento: “Yo conozco la existencia de Frondizi pero él desconoce la mía”. 

El barrio del colegio era también mi barrio y yo lo conocía muy bien.

En el tramo final de la calle Costa Rica, es decir unos metros antes de llegar a Dorrego, se encontraba un taller mecánico de automóviles. Al mecánico en cuestión yo solía verlo en la vereda del taller, a veces de pie, a veces horizontal debajo de un auto, pero siempre enfundado en un overol azul con lamparones de grasa. Lo cierto es que no podía pasar inadvertido: sus casi dos metros de estatura y su fisonomía de pedestal me hacían calcular su peso en no menos de ciento veinte kilos. Además, algo tenía de los atributos del sol: rostro rojizo y redondo, ojos de un celeste diáfano, y cabellos rubios tan pero tan claros, que parecían casi blancos. Andaría por los treinta años de edad.

Al cruzar Dorrego, Costa Rica se convierte en Crámer y uno ingresa en el barrio de Colegiales. Cien metros más adelante aparecía –en aquella época– el llamado campito, que era un descomunal terreno extendido, en lo ancho, entre las calles Álvarez Thomas y Zapata, y que, en lo profundo, llegaba hasta la calle Jorge Newbery. En él se desplegaban varias canchas de fútbol, donde se disputaban partidos de jugadores aficionados. Los campos de juego no ofrecían una sola brizna de césped: eran de durísima tierra reseca.

Para entrar en el campito era necesario cruzar una depresión por donde cada tanto circulaba, en trinchera, y en una sola vía de ida y vuelta, un tren de cargas –fue eliminado hace más de medio siglo– que conectaba la estación Colegiales del Ferrocarril Mitre con la estación Chacarita del Ferrocarril San Martín. No había ninguna señal de peligro: cuando se aproximaba el único tren de aquel ramal, la negra locomotora de vapor hacía sonar un silbato agudo, largo, triste y un poco espeluznante. Al igual que sucede con los barcos, las locomotoras de aquella época tenían nombre; ésta, según se leía en letras blancas, se llamaba La Gauchita.

2

De manera que, esa mañana dominical de julio, bajé por la primera barranca –declive: unos cuarenta y cinco grados– de la trinchera ferroviaria, no oí ningún silbato, por precaución miré a derecha e izquierda, crucé los rieles y subí por la segunda cuesta. Fui a reunirme con mis compañeros del equipo llamado Rayo Azul, que iba a enfrentar –en partido meramente “amistoso”– a otro cuadro desconocido, Amanecer de Bollini.

(Concertaba estos partidos un tal Azzimonti –nunca supe su nombre de pila–, individuo tosco de sempiterno pucho en la boca. En su juventud, según afirmó más de una vez, había jugado como insíder en un equipo de segunda de ascenso: esa sapiencia lo autorizaba a funcionar como una suerte de director técnico. Tenía un ayudante apodado Tijerita, imagino que por ser, o haber sido, peluquero.)

No había vestuarios ni cosa parecida. En la orilla del campo de juego nos vestíamos de futbolistas antes de iniciar el partido y volvíamos a nuestras ropas de calle al terminar aquél. A unos trescientos metros, y al borde de la barranca más cercana de la trinchera ferroviaria, se encontraba un breve monolito (un metro de altura) con una canilla de agua corriente: ahí, poniéndonos en cuclillas, bebíamos y nos lavábamos de modo somero; pero eran mayoría quienes, extenuados por el partido recién terminado, tenían pereza de recorrer tal distancia, y preferían volver sedientos a sus casas.

Azzimonti, una vez más, me había convocado para jugar, de manera que concurrí muy ufano. El puesto de puntero izquierdo aún no tenía dueño: a veces yo era el titular, y Hugo Martínez, el suplente, y viceversa. Y en esta ocasión yo iba a empezar el partido como titular.

Mis virtudes, sin embargo, no eran extremadas ni demasiado brillantes. Yo poseía una buena gambeta larga, remate preciso y potente, y muchísima velocidad: me había ganado el mote de Galgo. Era diestro, pero también podía pegar de zurda, con la de palo, a condición de que la pelota estuviera en movimiento y, en ese caso, mi patada de izquierda era, ignoro por qué, más violenta que la de la derecha, pero, en cambio, carecía de dirección precisa.

Otras cualidades no me adornaban. Era incapaz de gambetas cortas; necesitaba espacios amplios. A pesar de mi estatura, no tenía condiciones para el juego aéreo, y era mal cabeceador (además, sólo podía cabecear con el parietal izquierdo).

Aunque diestro, jugaba –ya lo dije– de wing izquierdo. Esto constituía más una ventaja que una desventaja. Si bien, al desbordar por la zona izquierda de la cancha, mi centro con la de palo podía ser de dirección deficiente, por otra parte mi gambeta de derecha solía desconcertar al 4 rival, acostumbrado a enfrentarse con punteros zurdos.

Yo era muy flaco, muy endeble, piernas zancudas, sesenta kilos escasos, se me podían contar los huesos. Mi misma velocidad, mi misma aceleración repentina, me hacían parecer más frágil aún, y despertaban en el rival el deseo de arrojarme por los aires. Por mi edad, aún no estaba del todo desarrollado. Casi todos los jugadores, tanto mis compañeros como los rivales, eran ya hombres fornidos de más de veinte años, y no faltaban quienes tenían treinta, treinta y cinco, o más años.

3

Los jugadores de Amanecer de Bollini visten camiseta a franjas verticales rojas y azules, pantalón blanco y medias azules. Nuestra camiseta es un poco cursi: desde el hombro izquierdo hasta la última costilla derecha vibra eléctricamente, sobre fondo blanco, un rayo
azul; las medias y los pantalones son blancos.

El réferi nos convoca a empezar el partido y nos desplegamos, cada uno ocupando su puesto, en el campo de juego.

Sobre mi espalda está el número 11. Del otro lado de la línea de medio campo, con el 4 en su camiseta, se halla alguien que conozco de vista y al que tenía registrado como una suerte de gigante rubicundo: no es otro que el dueño del taller mecánico de la calle Costa Rica.

Por las voces de sus compañeros, me entero de que se llama Tadeo. Y, al igual que lo que me sucedió varias veces con Arturo Frondizi, acudió a mi mente el mismo absurdo pensamiento: “Yo sé quién es él, pero yo le soy desconocido por completo”.

Empieza, pues, el partido.

En los primeros minutos, Amanecer de Bollini nos avasalla hasta el punto de que no podemos sacar la pelota de nuestro campo, y quizá ni siquiera de nuestra área. Yo soy una especie de espectador. Se puede decir que casi no he entrado en juego; apenas he participado en unos toques de ida y vuelta, sin llegar a dominar la pelota.

Irían veinte minutos de juego. Por increíble buena estrella, el partido va cero a cero, cuando, según los merecimientos, deberíamos ir perdiendo al menos por tres goles de diferencia.

En medio de la zozobra provocada por el constante ataque del ejército azul y rojo, nuestro zaguero izquierdo, jugador poco sutil pero marcador feroz, rechaza la pelota con un zapatazo a las nubes…

La pelota, muy alta, empieza a descender. La veo venir hacia mí. Apenas si debo desplazarme un poco para intentar detenerla, como pueda, con el pecho. Como soy torpe, el balón rebota en mí y debo buscarlo a dos metros de distancia. Lo sujeto, pisándolo con el pie derecho.

Todo esto dura menos de un segundo. A un metro, ya tengo ante mí la figura ciclópea de Tadeo, con las piernas muy abiertas, los brazos horizontales y los ojos celestes clavados en mis pies.

Encorvándome un poco, finjo que voy a arrancar hacia adentro para pasar por el flanco izquierdo de Tadeo: y, en efecto, se come el amague y salta hacia donde no están ni la pelota ni yo.

Con esto pierde una fracción de segundo y, a la vez, tropieza y continúa de espaldas a su propio arco. Más que suficiente para mi pique y mis largas piernas.

El Galgo engancha la pelota con la cara interior del pie diestro y, como una exhalación, pasa por la derecha del 4.

Ya está en terreno adversario. Con tanto campo libre por delante, no es útil llevar la pelota pegada al pie. La patea larga y corre tras ella, a la máxima velocidad de que es capaz, en diagonal hacia el arco. En esos pocos segundos, Tadeo queda unos cuantos metros por detrás del Galgo, cuya intención es patear al arco…

Pero, por el medio, en otra diagonal, viene a cruzarlo el 2 rival; llega ciego y descontrolado. Al Galgo le resulta muy fácil, ante esa suerte de búfalo, repetir el enganche, con su pie hábil, de derecha a izquierda. Pero ahora se halla casi pegado a la línea de fondo y ya no le es posible patear al arco; en consecuencia, hace lo único que puede hacer: le pega a la pelota con la de palo, y que sea lo que la diosa Fortuna quiera. La de palo pega fuerte, pero sin dirección precisa: puede ocurrir cualquier cosa. 

La diosa Fortuna quiso que, entre los cuatro o cinco jugadores que ya están en el área grande, la pelota elija la pierna derecha del centrodelantero de Rayo Azul, quien, cómodo y libre, convierte el primer gol del partido.

4

Volvemos a tomar posición para reanudar el encuentro.

Estoy demasiado feliz, siento admiración por mi persona a causa de la excelente jugada que realicé y que culminó con nuestro primer gol. Y este gol, si bien no fue convertido por mí, se debió, sobre todo, a mi habilidad física y a mi rapidez mental.

Esta especie de ebriedad me hace cometer dos errores.

El primer error es conceptual y leve: subestimo al rival y pienso que Tadeo es lo que, en la jerga futbolística, llamamos un troncazo. Me había resultado tan fácil eludirlo y llegar hasta el área rival, que –estoy seguro– voy a volverlo loco desde ahora hasta el último minuto del partido.

Y he aquí cuando cometo el segundo error, que ya no es leve, sino grave y casi catastrófco.
Cuando la mirada de Tadeo se cruza con la mía, no puedo resistir la tentación de formar un círculo con índice y pulgar derechos, de llevarlo a la altura de la frente, de guiñar un ojo y de sonreír con la mitad de la boca, chasqueando los labios: es el famoso “gestito de idea” forjado por el actor cómico Carlos Balá.

Pero a Tadeo no le causa ninguna gracia: me lanza una mirada, no por celeste, menos asesina y me insulta sin voz, moviendo mucho los labios, para que yo lea las palabras injuriosas.

Se reanuda el partido. El desarrollo sigue igual. De nuevo tenemos la defensa metida en el área, de nuevo anda nuestro arquero a los revolcones.

Recibo una pelota parecida a aquella que luego se convirtió en gol. Con un atisbo de sonrisita sobradora lo encaro a Tadeo. Repito con éxito la misma jugada de amagar hacia adentro e irme hacia afuera.

Pero esta vez no logro sacarle cuatro ni cinco metros de ventaja. Ni siquiera le saco un milímetro.

Tadeo, dándose vuelta con sorprendente celeridad, con su pierna derecha me cruza con un patadón que me impacta en la espinilla. Llevado por mi propia inercia, caigo de bruces, a lo largo y hacia adelante. La cara, la nariz, el pecho, los codos, las rodillas, las piernas barren el duro y polvoriento campo de juego, especialmente doloroso por el frío de julio. Mientras voy cayendo, mientras voy hiriéndome contra el suelo, querría levantarme para asestarle a Tadeo una patada en el estómago o donde fuere.

Pero no puedo levantarme. Estoy lastimado, sangrante, dolorido, cubierto de tierra. El réferi cobra infracción en nuestro favor. Mis compañeros se le van encima a Tadeo. Le recriminan por la innecesaria violencia de la jugada. Se produce un breve tumulto. Manoseos, insultos, empujones… Tadeo es amonestado por el réferi, y aquí no ha pasado nada.

A mí me brota sangre de los codos, de las rodillas, de la nariz. Salgo de la cancha para tratar de reponerme un poco. Estoy enfermo de odio: “Hijo de puta”, mascullo, pensando en Tadeo, “cómo me gustaría patearte la cabeza y mandarte al hospital”.

—¡Tranquilo, pibe, tranquilo! –me dice Azzimonti–. No se enoje, porque no gana nada y es peor. Cabeza fría y con criterio, pibe, con criterio.

Vuelvo a la cancha: me duele hasta la ropa.

Trato de calmarme. Pero ya no soy el mismo, ya no estoy agrandado como lo estaba después del gol; más bien me hallo acobardado.

Veo que Tadeo cambió de táctica. Pegado a mí, me marca de tal modo que ni siquiera puedo recibir la pelota. “Si a mí me dan un metro”, me digo, “que es todo lo que necesito para dominar la pelota, entonces con este paquidermo me hago un pícnic”.

Sí, sin duda. Pero el hecho es que el paquidermo no sólo no me da el metro que necesito. No me da ni medio metro, ni veinte centímetros. No me da nada de nada. Se ha pegado a mí, y siempre llega a toda pelota antes que yo.

Noto sus carencias y eso me llena de indignación. Es un jugador burdo, sin ninguna destreza. Cabecea como puede, patea como puede: con el empeine, con la rótula, con la canilla. Jadea y se esfuerza, tiene espíritu de sacrificio.

Técnicamente, yo soy muy superior a Tadeo, pero no puedo hacer nada contra aquel gigante que, además de no permitirme entrar en juego, todo el tiempo me propina disimuladas patadas y cachetazos, me aplica coscorrones, me pellizca, me tira del pelo, me escupe, a cada instante me dice, con voz entrecortada por el jadeo, “Putito hijo de puta, así vas a aprender a no cargarme, pendejo de mierda. Te voy a cagar a patadas, ya que te la das de gambetiador y de canchero, putito hijo de puta”.

Eso me dice Tadeo, y no sólo lo dice, sino que, mientras lo dice, siento sus rodillazos de hierro y sus nudillos de acero, y sus asquerosos escupitajos. Desde luego, yo no tengo vocación de víctima y me defiendo y ataco a mi vez. Pero carezco de la fuerza de Tadeo, y aún siento los dolores de la infracción anterior.

Termina el primer tiempo. Lejos de ser un alivio, tengo que sufrir los reproches de Azzimonti. Está desilusionado y furioso por mi actuación. Ya no le importa que yo esté en inferioridad física:

—Agarre una, pibe, agarre una. Se tiene que desmarcar, el rubio se lo metió en un bolsillo.
Trato de explicarle a Azzimonti que, por más que me desmarque, el rubio, desentendiéndose por completo del juego, se dedica exclusivamente a perseguirme por toda la cancha, con el fin de pegarme, de insultarme, de escupirme…

—Usté tiene que tener personalidá, pibe. No se deje acobardar, pibe. Si no tiene personalidá, al fulbo no puede jugar más.

Esos consejos se dicen, sí, y son sensatos. Pero, cuando uno ya está acobardado, no hay nada que hacer. Tengo ganas de sugerirle a Azzimonti que, para el segundo tiempo, ponga a Hugo Martínez en mi lugar. Pero no me atrevo: eso lo volvería loco de rabia. Nada mortifica tanto a Azzimonti que un jugador, sin estar lesionado, pida su propio cambio: lo considera una cobardía incalificable. Y no deja de tener razón.

Entonces, amedrentado y con ganas de estar muy lejos de allí, vuelvo al campo de juego y se repite exactamente la situación sufrida durante el primer tiempo: Tadeo torna a martirizarme y yo, amedrentado, coincido con la opinión de Azzimonti: no tengo personalidad y, por ende, al fútbol no puedo jugar más.

Afortunadamente, Azzimonti pide el cambio y, en mi lugar, ingresa Hugo Martínez. Faltan veinticinco minutos para que concluya el partido: durante ese segundo tiempo Amanecer de Bollini convierte tres goles. En la orilla de la cancha yo debo padecer la catarata de
reproches que lanzan sobre mí Azzimonti y Tijerita.

Me hallo doblemente humillado: por la tiranía de Tadeo y por las recriminaciones del binomio técnico. Pero, al mismo tiempo, estoy enojado conmigo mismo y con mi cobardía; pienso que, tarde o temprano, yo tengo la obligación moral de tomar venganza contra Tadeo.

5

Después de algún rato se produce la dispersión de los jugadores. Yo, por abatimiento, permanezco sentado en la orilla de la cancha hasta quedarme solo. Estoy vestido con ropas de calle y calzo zapatos de cuero; el atuendo deportivo se halla en mi bolso.

Finalmente, me pongo de pie y, con la idea de refrescarme, emprendo la marcha hacia la canilla que se encuentra en el borde de la trinchera ferroviaria. 

Entonces…, ¡oh!

Veo la figura gigantesca de Tadeo, que, dándome la espalda y agachado, está mojándose la cabeza y tomando agua.

Corro hacia él, con la intención de asestarle, con mi pie derecho, un suelazo en la espalda para hacerle golpear la cara contra el monolito y, entonces, salir huyendo a toda velocidad: no en vano soy el Galgo, de manera que Tadeo jamás podría alcanzarme.

Pero, un segundo antes, Tadeo percibe vaya a saber qué: gira la cara rojiza y la cabeza rubia hacia mí, y esboza una sonrisa irónica y burlona. Continúa en cuclillas y esa cabeza rubia –la pelota– está en movimiento, de manera que nada me cuesta –con la de palo– pegarle una patada violenta, tan violenta, que lo hace trastabillar, girar sobre sí mismo y desbarrancarse por la trinchera del ferrocarril.

Da tres o cuatro tumbos y cae en lo hondo. Oigo el ruido que produce su cráneo al impactar sobre uno de los durmientes de quebracho. Allí está, horizontal y extendido transversalmente sobre el pedregullo y los rieles.

Muerto no está, pues lo veo moverse, un poco espasmódicamente. Prefiero no quedarme allí para verifcar si logra, o no, reponerse del golpe y abandonar las vías.

Convertido nuevamente en el Galgo, emprendo veloz carrera por la orilla de la trinchera ferroviaria, con el fin de huir lo más pronto y lo más lejos posible de Tadeo y sus tribulaciones físicas.

Cien metros, trescientos, quinientos…
Entonces oigo, no demasiado distante, el silbato agudo, largo, triste y un poco espeluznante de La Gauchita.

6

Ese mismo día abandoné para siempre la práctica del fútbol. Pero no debido a la falta de personalidad que había señalado Azzimonti. 

No quería verme obligado, en situaciones extremas, a patear con la de palo porque –ya lo dije antes– la de palo pega fuerte, pero sin dirección precisa: puede ocurrir cualquier cosa.

Y jamás volví a pasar por la última cuadra de la calle Costa Rica, pues me hostigaban dos temores.

Por un lado, el miedo de que, de pie en la vereda del taller mecánico, con su overol manchado de grasa, Tadeo me viera a mí. Y, por el otro, un miedo mucho más angustioso: el de que yo ya no lo viera a él, de pie en la vereda del taller mecánico, con su overol manchado de grasa.

1 Educador, escritor, ensayista y periodista cultural. Es autor de una vasta obra literaria publicada en diversos medios regionales e internacionales. Su género preferido es la narrativa, y sus relatos se caracterizan por entretejer la realidad con la fantasía de una manera sutil y con sólido manejo narrativo de personajes y situaciones matizadas con un fno humor. Ha recibido varios galardones y sus obras circulan en numerosas ediciones internacionales.
Este cuento está publicado en la REVISTA DE LA ACADEMIA NORTEAMERICANA DE LA LENGUA ESPAÑOLA
https://www.ranle.us/site/assets/files/1881/volumen6_numero12_invenciones_palabra_sorrentino.pdf

 

FerS

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