A partir de las diferencias culturales, el director Cristian Mungiu plantea con maestría un conflicto difícil de zanjar.
Mungiu construye en Fjord un complejo drama social a partir de la historia de una familia rumana que se muda a Noruega y queda involucrada en un supuesto caso de maltrato infantil. A través de este conflicto, la película aborda algunos de los temas que atraviesan su cine —la inmigración, las instituciones, la convivencia y las distintas formas de entender la libertad— sin convertir la historia en un enfrentamiento sencillo entre buenos y malos.
El supuesto maltrato de los padres hacia sus hijos funciona como punto de partida para mostrar las fracturas de una sociedad que se considera tolerante y protectora, pero que también tiene rigideces y prejuicios, especialmente cuando las diferencias culturales se vuelven profundas. La familia rumana posee valores y formas de entender la vida que entran en conflicto con los de la sociedad noruega. El padre, procedente de Rumania, tiene dificultades para comprender el funcionamiento de las instituciones y de la sociedad noruega, pero esta tampoco parece capaz de comprender completamente su perspectiva.
Uno de los aspectos más interesantes de Fjord es precisamente la dificultad para determinar quién tiene razón. La película plantea que una sociedad que busca proteger a los individuos puede terminar imponiendo determinados criterios culturales. Mungiu evita convertir a sus personajes en representantes de una tesis determinada: más que demostrar quién está equivocado, expone las contradicciones de cada posición y deja que el espectador se encuentre con el conflicto.
El director señala que decidió contar la historia desde una perspectiva neutral, en la que se ponen en contacto dos conjuntos de valores diferentes sin juzgarlos, con el propósito de instar al diálogo. “Se trata más bien de compartir un conjunto de valores basados en la tolerancia y la inclusión, pero al mismo tiempo reconocer las diferencias”, explica.
Las actuaciones de Sebastian Stan y Renate Reinsve constituyen otro de los pilares de la película y aportan un fuerte dramatismo a las escenas. Stan compone al padre desde una gran contención, haciendo visibles su angustia, su frustración y su creciente desesperación sin recurrir a grandes demostraciones emocionales. Reinsve, por su parte, aporta numerosos matices a un personaje atrapado en una situación cada vez más difícil. Intenta zanjar las diferencias, pero tampoco es aceptada ni encuentra demasiada empatía en el contexto en el que se mueven las mujeres de la comunidad.
La decisión de entregar a su bebé lactante a una familia de acogida resulta uno de los momentos más difíciles de atravesar para ella —y tal vez también para el espectador—. Sin embargo, ninguna de las mujeres de Protección Infantil, organismo del Estado noruego, parece reaccionar ante la dimensión de la situación que está atravesando.
La película plantea, de este modo, una pregunta especialmente incómoda: ¿qué sucede cuando debemos defender los derechos de individuos o colectivos cuyos valores o comportamientos son muy diferentes de los nuestros? Mungiu no ofrece una respuesta definitiva ni indica al espectador qué posición debe adoptar. Esa ambigüedad, que puede resultar incómoda, es también una de las principales virtudes de Fjord: la película no termina con la proyección, sino que continúa generando preguntas y discusión después de verla.
En una entrevista en San Sebastián, Mungiu contó que comenzó a trabajar en esta historia hace diez años, pero que en los últimos tiempos percibió una fuerte conexión entre su relato y el choque de valores que se produce en las sociedades liberales. El director señaló también que una de las razones por las cuales la derecha se ha vuelto tan popular está relacionada con la forma en que las sociedades progresistas intentan imponer sus valores. “Con la imposición lo único que se consigue es radicalizar a las personas”, sostuvo.
En un momento de tanta convulsión social y de movimientos migratorios procedentes de diferentes y disímiles destinos, resulta imprescindible mantener abiertos estos temas, discutirlos y permitir que salgan a la luz, tanto los consensos como los disensos.
por Virginia Saidón para Palermo Mío
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