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San Sebastian: los directores de NAZA develan en  este film  la cara más siniestra e impactante de la guerra

San Sebastian: los directores de NAZA develan en  este film  la cara más siniestra e impactante de la guerra
A partir de una investigación de varios años NAZA nos muestra el testimonio de militares israelíes que participaron en la guerra de Gaza

 

NAZA, dirigida por Yuval Abraham y Rachel Szor, directores de No Other Land (2024), parte de una propuesta austera: escuchar a 24 militares israelíes, muchos de ellos pertenecientes a los servicios de inteligencia, que participaron en tareas de vigilancia, identificación de personas y operaciones militares durante la guerra en Gaza. Los directores consiguieron acceder a ellos a lo largo de tres años de trabajo. Las entrevistas se realizaron de noche, en terrazas de Tel Aviv, bajo estrictas condiciones de anonimato.

Para proteger sus identidades, los rostros y las voces de los entrevistados fueron modificados digitalmente. Esta decisión no solo responde a una necesidad de seguridad, sino que determina la particular estética de la obra. La narración adopta un tono frío y distante, casi sin carga afectiva, mientras las imágenes reproducen muchas veces la lógica de un videojuego: mapas, pantallas, imágenes digitales, movimientos, recorridos y datos que permiten seguir desde lejos la planificación de las operaciones.

Pero no estamos frente a un juego. Detrás de esas pantallas hay personas reales que van a morir.

El relato organiza su recorrido a partir de esa tensión entre la distancia formal y la violencia de aquello que se narra. Los militares describen cómo tomaban decisiones que terminaban con familias enteras asesinadas, incluidos niños, muchas veces durante la noche y a partir de una sospecha mínima de que un hombre podía estar relacionado con alguna actividad militante. Se habla de manzanas enteras, de zonas señaladas y de cantidades de muertos. Todo parece integrado a un procedimiento en el que la vida humana es solo un dato.

Al comienzo, las declaraciones resultan desesperantes para el espectador porque generan una enorme impotencia. Se percibe que la obediencia se construye a partir de la falta de conciencia, de la renuncia a cuestionar, de la formación —o deformación— de los soldados y de una prohibición velada de involucrarse con la responsabilidad que les compete. Lo más perturbador es que no hay en estos hombres ninguna manifestación de angustia frente a lo que están contando. No se quiebran, no lloran, no aparece el dolor que podríamos esperar ante el relato de la muerte de tantos civiles. Hablan de procedimientos, órdenes, cálculos y decisiones.

La ausencia de emoción termina siendo más inquietante que cualquier confesión de arrepentimiento. La obra no construye una ficción sobre lo ocurrido: deja hablar a quienes estuvieron dentro de esa maquinaria y muestra, a través de sus propias palabras, cómo funciona. Quizás ahí radica la mayor fuerza de Naza: mostrar que quienes hablan no parezcan monstruos excepcionales, sino hombres formados para obedecer sin cuestionar.

La dinámica del film acompaña, de principio a fin, la actitud de los soldados israelíes que decidieron declarar. A medida que avanzan los testimonios, pareciera que comienzan a percibir la dimensión de aquello en lo que participaron.

La deshumanización de las víctimas parece ir acompañada por la deshumanización de quienes reciben las órdenes y aprenden a ejecutarlas. El Estado no solo consigue convertir a sus enemigos en cifras; también parece formar individuos incapaces de reconocer plenamente la dimensión humana de aquello en lo que están participando. El film obliga entonces a preguntarse qué ocurre cuando una sociedad consigue convertir la muerte de otros en un procedimiento.

Lo que NAZA consigue develar es una forma de exterminio aterradora por los mecanismos que utiliza para llevarse a cabo. Los seres humanos desaparecen detrás de una denominación: ya no son hombres, mujeres o niños, ni siquiera familias. Son Naza. Una palabra que permite convertir a personas concretas en una categoría abstracta, en una cifra, en un dato dentro de una pantalla. La deshumanización está incorporada desde el lenguaje mismo.

Por eso resulta tan impactante el cambio que se produce hacia el final. Después de haber recorrido mapas, pantallas, algoritmos, cifras y explicaciones técnicas, el film abandona por un instante esa representación distante de la guerra. Solo una imagen tiene la potencia suficiente para echar por tierra todo lo relatado: la de un padre desesperado buscando entre los escombros a sus hijos después de una explosión. Busca, mueve piedras, llama y grita. Nadie responde.

Esa imagen devuelve de golpe todo aquello que el lenguaje había conseguido mantener a distancia. Detrás de cada operación hay familias, padres, hijos y vidas concretas. La escena restituye una dimensión humana que los procedimientos militares, las categorías abstractas y las pantallas habían borrado.

NAZA no necesita elevar la voz. La frialdad de sus imágenes y de sus testimonios resulta mucho más perturbadora que cualquier discurso enfático. Y cuando finalmente aparece un padre buscando a sus hijos entre los escombros, ya no queda ninguna pantalla detrás de la cual esconderse.


por Virginia Saidón para Palermo Mío
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Lucía Cancinos – Social Media Manager | Content Creator


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